Mourinho y el fútbol resultadista

El fútbol a veces se debate entre los partidarios del resultadismo y los seguidores del juego bonito. Mourinho, según dicen, es uno de esos técnicos resultadistas.

El Real Madrid sacó un valioso empate fuera de casa ante el CSK de Moscú, pero empañado porque en el tiempo de descuento vino el gol de los rusos. Corría el minuto 80 de partido y el técnico portugués decidió dar entrada a un defensa, Raúl Albiol, por Özil, un media punta creativo.

Críticos y aficionados entienden que en el fútbol hay dos tipos de entrenadores: los resultadistas, que ponen los fines por encima del juego, y los amantes del juego bonito, cuya finalidad va más allá de la consecución de un logro pues se entiende que el deporte es un espectáculo en si mismo. Y cobra importancia no confundir buen juego con juego bonito, pues sin lo primero se tercia harto complicado obtener resultados.

Indagando en el juego bonito

El juego bonito es un extra. Consiste en la vocación por tener la pelota, por buscar la portería contraria, por defender atacando, disfrutando del juego antes que corriendo sin contar con esa pelota en los pies. Entretiene mucho mejor que hacer todo lo contrario en espera de que pasen los minutos o caiga un solitario gol que anime al personal y acalle los bostezos.

Mourinho protesta en el partido del Real Madrid contra el CSK. Imagen distribuída por REURTERS.

En cambio, hay algo que no termina de encajar entre aquellos partidarios del resultadismo, del fútbol servido en pequeñas pero emocionantes dosis, es la percepción de que todas las propuestas futbolísticas sirven tanto para ganar como para perder. Se ofrece la impresión de que corre más riesgos el entrenador que plantea los partidos de forma creativa frente aquel cuyas lecturas de los mismos priorizan la destrucción del juego rival.

Nada más lejos de la realidad. Desde mi punto de vista el resultadismo no existe. El trabajo bien hecho será lo que acercará más a la victoria. Toda decisión implica una serie de riesgos ante la posibilidad de que las cosas no salgan como se pueda esperar. Si juegas con la posesión o no, si presionas arriba o esperas atrás, si juegas en largo o en corto… Son alternativas de juego, unas más atractivas que otras en un espectáculo de 90 minutos, pero igualmente válidas para triunfar sin más riesgos añadidos de unas sobre las otras.

Si Mourinho da entrada a un delantero en lugar de un defensa, para así tratar de encarrilar la eliminatoria, podría pasar que saliera bien o no. Pero no me parecería más arriesgada que meter a un defensa para conservar la victoria por la mínima. Seguro que los partidarios del resultadismo hoy se estarán preguntando como se puede encajar un gol en el último minuto, con un central más en el campo y de jugada a balón parado. Pues asumiendo los riesgos de meterse atrás y ceder el medio campo. Muy simple.

La debilidad histórica del Barça en Primera división

Real Madrid y Fútbol Club Barcelona disputan históricamente el campeonato de Primera división aunque con actitud dispar cuando vienen mal dadas para ambos equipos.

En el verano de 1994 el Barça de Johan Cruyff había cerrado la temporada como subcampeón de la Champions league y campeón de Primera división. Por aquella época el Barça se sentía el mejor. Fruto de un juego de toque, ofensivo, preciosista y efectivo; los azulgrana coleccionaron títulos como la Recopa de Europa, dos veces la Copa del Rey, cuatro veces la liga y la propia Champions League entre otras victorias.

Pero lo cierto es que, por algunos tics de irregularidad en el juego de los azulgranas, parte de esos triunfos necesitaron una pizca de suerte que terminase por inclinar la balanza a su favor. Por ejemplo el gol in extremis de Jose Mari Bakero ante el Kaiserslautern a la salida de un córner, gracias al cual el Barça consiguió el pase a la final de la Champions league en 1992 y tras desperdiciar una ventaja de dos goles procedente del partido de ida. Y que decir de las tres ligas ganadas en el último minuto, dos de ellas tras sendas derrotas del Real Madrid en Tenerife.

Bakero muestra una fotografía del legendario gol ante el Kaiserslautern. Pere Puntí-Mundo Deportivo.

En el verano de 1994 existía un sabor agridulce en Barcelona. Fue excesivamente dolorosa la derrota en la final de la Champions league por cuatro goles a cero frente al A.C. Milan. Partido en el cual el Barça se provocó un harakiri de tal magnitud que se prolongó en el vestuario bajo salomónica decisión de Johan Cruyff señalando el dedo a dos vacas sagradas como Andoni Zubizarreta y Michael Laudrup. Esa temporada el Barça había caído en cuartos de final de la Copa del Rey ante el Real Betis, que militaba en segunda división.

El presidente Josep Lluís Núñez en más de una ocasión hubiera preferido mandar al holandés, preclaro y genial pero de carácter tan complicado, a tomar vientos. Pero no podía resultados mediante.

El efecto Michael Laudrup

La temporada siguiente comenzaba con una especie de plan renove para el Barça, y ahí estaba la camada de canteranos conocidos como “la quinta del mini”, con Iván de la Peña como buque insignia… Pero también comenzaba con Michael Laudrup en las filas del Real Madrid.

Un Real Madrid que apenas se arrugó durante todos los años anteriores, lo cierto es que ganaron la Copa del Rey en 1993 y, como se ha comentado, bien pudo ganar la liga ese mismo año y el anterior. Comandados por la clase y la distinción de un dandy como Michael Laudrup, las internadas y el guante de Amavisca y los remates y la fe de Iván Zamorano; campeonaron en la liga. Dirigidos por Jorge Valdano, que había cambiado el Tenerife por el conjunto blanco para devolver la cuenta pendiente.

Esa misma temporada el Barça recibe cinco goles del Racing en el Sardinero. Situación indicativa, teniendo en cuenta el inaudito marcador y la poca entidad del rival, de un cambio de ciclo en el fútbol español. Los culés no pelearon título alguno esa temporada. Al curso siguiente el Barça recupera gran parte de su nivel pero se topa de frente a un Atlético de Madrid que termina siendo más fuerte y se lleva el doblete de liga y Copa del Rey. Núñez conseguía enviar a Cruyff a su casa.

Ese Atleti gozaba de excepcionales futbolistas como Pantic, Kiko, Caminero, Penev o Molina; pero la profundidad de su plantilla distaba de ser tan magna como cuando tres años más tarde el equipo se fue a segunda división. Hasta 2010 no volverían a colocar nuevos trofeos en la nutrida vitrina del Vicente Calderón.

La genética ganadora del Real Madrid

Fíjense que en unos párrafos y volviendo la vista atrás algunos años he podido plasmar con hechos la idiosincrasia y el carácter de tres de los clubes más importantes del fútbol español. El rasgo imprevisible del Atlético de Madrid, la genética ganadora del Real Madrid y la vocación por la excelencia del Fútbol Club Barcelona. Esa misma vocación que le hace bajar los brazos y perderse en el existencialismo aún cuando conserve gran parte de los argumentos futbolísticos que le habían llevado a la gloria reciente.

Para ejemplo de esto último recordemos la depresión que le provocó al Barça el traspaso de Luis Figo al Real Madrid, mucho mayor que la de Laudrup, o el penante último año de Frank Rikjaard en el banquillo culé. Es raro ver al Barça fichar una gran estrella y mucho menos de un rival directo. En el Real Madrid carecen de ese tipo de miramientos. Al Barça le obsesiona la forma, en cambio al madridismo le preocupa permanecer en el número uno sea como sea.

El Barça perdió ante Osasuna el segundo partido de la campaña en primera división, lo hizo en el momento menos oportuno y se pone a 10 puntos de un líder llamado Real Madrid que casi siempre anda por ahí, por si hay que ganar una liga y otra y otra… De lo que suceda en la próxima temporada y media será valedero para comprobar si la institución barcelonista se deja caer en el existencialismo o si ha superado esa barrera que tanto le separa del Real Madrid cuando el viento ya no sopla a favor de ruta.